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Montevideo, Uruguay
Escribo desde siempre. Sin pretensiones intelectuales, ni locas vanidades de reconocimiento. Alentada por la persona que más amé en el mundo, a quien agradezco y humildemente dedico este blog... a mi madre.-

martes, 14 de diciembre de 2010

EL VIEJO BOTE



He remecido las brumas tempranas de la aurora para elegir la senda menos agreste del monte y a guadaña y con machete tronché todo cuanto pude hasta quedar exhausta, bañada en un sudor que huele a musgos y helechos.
De sur a norte he abierto un claro que, en medio de la selva, sé que es poco; he perdonado ceibos y guayabos, cedrones de la India y hasta un olmo y al fondo, sin quererlo, oí el sonido del agua cristalina de un arroyo.
Yo le pedí al muchacho que trajera el bote que, sediento por los años, se refugió en graneros; fue nido, armario, cuna, sin vientos ni lagunas, con remos ya grasientos de cruzar pasajeros y al contacto del agua, sé muy bien que su alma, entre viejos crujidos, escondió sus sollozos como buen marinero.
Lo pintaré de blanco, de blanco y rojo fuego, servirá de carguero, de amigo, de edecán, de balsa acogedora entre los tibios soles, de caja de sepulcro si me llega el final.
Qué más puedo pedirle que morir en sus brazos, rodeada de este monte que quiero más y más, con perfume de almendros y canelón silvestre, cubierta de celeste por el Jacarandá.


*

lunes, 13 de diciembre de 2010

SIEMPRE POR ÚLTIMO





Año tras año sucedía lo mismo.
Se reunían todos en el comedor, alrededor de la mesa gigante.
Se servía una inmensa variedad de bocadillos fríos o entremeses tibios de exquisitas combinaciones como croquetas de pollo y ajonjolí, ciruelas con tocino, canastitos de salmón, quesos de cabra y cerezas y vol au vent de mil sabores.
Más tarde nos enfrentábamos a la mesa de los dulces donde los postres lucían sus galas más brillantes. Chocolates, merengues, frutillas, vainillas, la colección más variada de frutas secas y fuera de estación para acompañar al brindis, a los besos no deseados y a los deseos de besos.
Entonces salíamos a la amplia terraza para empalagarnos los ojos de luces, de estruendo, de risa, de fiesta.
Y por último, siempre por último, caían en la cuenta de que tú ya no estabas.


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jueves, 9 de diciembre de 2010

ACV




Sin poder pronunciar ni una palabra, los médicos y él se inventaron un sencillo sistema de guiñadas, que muchas veces terminaba en desesperación y lágrimas.
Si el nombre de sus hijos pronunciaban, su rostro inexpresivo se anegaba; inmutable de voz y movimientos, sólo su alma gritaba.
Parecía un suplicio interminable, una tortura absurda e inigualada, un castigo del cielo, una condena donde purgar un alma atormentada.
Su esposa lo miró con tanta pena, lo sostuvo en sus brazos como a un niño y le dejó en la sien pegado un beso pausado y lacrimoso de cariño.
Al cabo de unos días el milagro. El hombre dibujó una sonrisa y en trémulo temblor se le escuchaba decir en ronca voz:
- “te amo Eloísa”.



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domingo, 5 de diciembre de 2010

LA SOMBRA





Aquel hombre venía con el semblante preocupado. Supe que se trataba de las ovejas de cría, cuando vi arrollado en su recado, el pequeño cuero de un cordero de días.
- Anoche los perros ladraron y salí con el rifle. Había movimiento en la majada; no vi cazadores, caminantes ni alma en pena, así que disparé varias veces y una de ellas a una sombra. Hoy, lo único que he hallado son tres corderos destrozados.
- ¿Y la sombra, qué era, un cristiano?
- No, parece que era solamente una sombra, un aire retobao, una negrura sin rostro aunque yo sentía que me estaba mirando y por eso le disparé.
- Estaré alerta Don Vicente, vaya tranquilo que esta noche no habrá sombra que se me escape.
Mi vecino se fue un poco más aliviado, como si creyera verdaderamente que yo podría solucionar ese misterio.
El sol se ocultó tras el monte entre rayos rojísimos y una uña de luna se aferró a la noche cálida, serena y que poco a poco, iba quedando fresca. Cebé unos mates para entretener la espera meciéndome en la vieja reposera y de a ratos, cabeceando un sueño.
Fue cerca de medianoche cuando desperté entre los lengüetazos y llantos de mi perra. Al incorporarme, pude sentir claramente la misma sensación que el viejo Don Vicente me había relatado la tarde anterior: yo estaba siendo observada.
Salí al portón rifle en mano. Cada vello de mi piel erizada me indicaba peligro. Allí estaba la sombra. Tenebrosa y oscura entre las casuarinas siniestramente silbadoras. Alumbré con la linterna y el espanto me inmovilizó. Pude ver un reguero de sangre que llegaba justo hasta el monte de pinos.
- ¿Será otro cordero? – pensé.
Alumbré nuevamente en la espesura, deteniéndome en cada movimiento de las hojas y ya cuando creí que nada habría de encontrar, lo vi. Dos luces brillantes, dos focos siniestros, dos ojos enormes amarillos, bellísimos.
Me acerqué cuanto pude hasta observar que esa sombra se tambaleaba y caía sobre el pasto fresco. Un ejemplar hermoso jadeaba agonizante con toda la majestuosidad de una loba herida.