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Montevideo, Uruguay
Escribo desde siempre. Sin pretensiones intelectuales, ni locas vanidades de reconocimiento. Alentada por la persona que más amé en el mundo, a quien agradezco y humildemente dedico este blog... a mi madre.-

domingo, 6 de febrero de 2011

PASTOR DE MADAGASCAR




Minutos después de haber radiado el pedido de socorro, empezaron a tirarse al agua. Familias enteras tomadas de las manos, se lanzaban por la borda en suicidio colectivo. El pánico a morir ahogados les turbaba la mente de tal forma, que decidían ofrecerse voluntariamente a esa muerte tan temida. No vacilaban, no había pizca de instinto de supervivencia, no había esperanza como maderos flotantes.
Mientras todo ese pandemonio se lanzaba a los tiburones, vi cómo el horizonte naranja se perdía en la noche y por un instante, me sentí tentada a dar un paso al frente y terminar con mi suerte. No era conciente que durante esos minutos interminables me hallaba rezando en voz alta, cada vez más rápido, como un autómata, sin darle el sentido debido a esa plegaria:
- El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar.
El agua venía avanzando tan rápidamente como la noche. Mis zapatos ya estaban empapados. Algunos de los tripulantes que quedaban a bordo, me tendieron la mano para subir una escalerilla y volví a sentirme a salvo como una rata escapando de una enorme cloaca. Desde allí vi que el agua bullía de gritos y manotazos entre cadáveres y pensé que la Capital del Infierno debería lucir mejor.
Un joven marinero, de apenas veinte años, se aferraba a mi brazo con una fuerza dolorosa. Cuando intenté pedirle que me soltara, me ordenó de un grito: - ¡Siga rezando! Así lo hice, todo mi cuerpo rezaba aunque mis ojos y mi mente estaban a kilómetros de la fe cristiana.
Una hora más tarde parece que el mar nos ha dado un respiro; el nivel del agua permanece inmóvil y estamos varados en una miserable burbuja de aire que va a la deriva en un zigzag errante. No se oyen más gritos. Sólo algunos lamentos cansados.
Vine a conocer Madagascar y la estoy viendo en todo su esplendor, como una sombra amorfa dibujada de a ratos sobre las olas. Una semana atrás en Singapur, habían tratado de disuadirme de mi sueño aventurero argumentando que nada habría de encontrar de extraordinario. Y fue justamente ése, el motivo por el cual resolví comprar el pasaje. Yo no buscaba rarezas ni fábulas, ya las había encontrado por montones en la India, solamente quise cumplir con un sueño juvenil e inexplicable que, ahora que mi tiempo y mis recursos lo permitían, iba a ser realidad. ¿Iba a ser realidad?
Amanecía. El joven marinero dormitaba aferrado a mi brazo. El nivel del mar seguía igual que la noche anterior y mis zapatos se habían secado adquiriendo una dureza incómoda, sin embargo la sed y el hambre empezaban a sentirse y en esa parte más alta del puente de mando, nada había que sirviera a tales fines. El pedido de ayuda se había hecho a las 18 y 35 horas y yo no había querido merendar esperando la cena. Este viaje me sentaría tan bien que volvería a casa con un sinfín de cuentos y un par de quilos menos. A veces las mujeres perdemos la noción del disfrute pero no era el momento de regañarme a mí misma.
Ferdinand, el ayudante francés del Capitán, hablaba sin parar en un idioma incomprensible y a cada poco rato intentaba saltar por encima de la barandilla. Había quienes le sujetaban, le hablaban e incluso le maldecían. La locura y la muerte tenían boletos de primera clase.
Pronto volvió a ser de noche. Los crujidos del barco inundaban el aire salado y creo haber visto un lomo brillante y negrísimo de una ballena con mil moluscos adheridos, pasando a nuestro lado. Las horas vacilaban como vacilaba mi rezo en mis labios hinchados, doloridos y sedientos.
Desperté sobresaltada por el ruido del helicóptero y el salpicar frenético del agua en mi cara, eran como púas clavándose en mi rostro. Al fin nos rescataron.
Sentada en un ángulo de esa nave ruidosa, pude alcanzar a ver la enorme y majestuosa selva de mi soñada Madagascar y comprendí que era tiempo de volverme a casa y tuve la certeza de que ya nada me podría faltar.-

*

2 comentarios:

  1. Faceta desconocida Ali! me ha encantado tu viaje a Madagascar... como imprimes las emociones!!!... oye, yo casi me habría quedado...uf! muy muy bueno! felicidades! y abrazos siempre! ML

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  2. Atenta amiga, mira que hay viajecitos algo Titánicos que no quisiera repetir; pero escribir en cierta forma, te da alas, hélices y combustible suficientes para recorrer cualquier lugar del mundo.
    Me alegra que te guste.
    Un abrazo, Ali.

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